Los monstruos de horror son un reflejo de las ansiedades y miedos de la sociedad que los crea. Es algo así como una lectura del psique colectivo a través de la crítica cultural, si quieres usar palabras elegantes. Y dice mucho de la sociedad mexicana cómo usamos las palabras “pejezombis” y “peñabots”.

Dracula, para empezar con un ejemplo ajeno, es todo lo que le preocupaba a la cuadrada sociedad victoriana. Es sexualmente perverso y moralmente corrompedor. El Conde, noble que es, heredó sus tierras; el buen doctor Van Helsing, héroe burgués, trabajó por su títulos. El vampiro prototípico es imposible de de encajar en dicotomías: es vivo y no vivo, masculino y feminizado, salvaje y refinado, seductor y repulsivo.

Los monstruos de horror en la política gringa

En clave de esta lectura, es curioso que las películas de vampiros sean más populares cuando Estados Unidos tiene un presidente demócrata. Son, tal vez, una proyección de la ansiedad de la derecha religiosa ante lo que perciben como libertinaje en la agenda liberal – uno que se puede repeler con crucifijos, además.

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¡Traigo matrimonios gay y abortos!

Cuando el presidente gringo es conservador, sin embargo, reinan las película de zombis. Quizá remitan a un temor de ser asimilado a la homogeneidad social de la agenda republicana.

¡Somos una metáfora sobre el consumismo y el rol de la familia nuclear en el capitalismo tardío!

Mientras tanto, en México

De este lado del Río Bravo, no hay que ser tan analíticos para descubrir qué monstruos se manifiestan de los temores políticos colectivos. Está ahí mismo en cómo bautizamos a los militantes de opositores: pejezombis y peñabots.

A una capa un más literal, esos nombres refieren a asuntos concretos. “Peñabots” ataca el presunto uso de cuentas falsas en redes sociales para impulsar la popularidad del entonces candidato y eventual presidente; mientras que “pejezombis” burla la edad y obstinación de Andrés Manuel, así como la mentalidad de sus seguidores. Sin embargo, quizá haya algo oculto en plena vista que revele las ansiedades de quienes los usan.

Ah, y cabe mencionar, no estoy planteando argumentos en contra de los presidentes. Intento descubrir qué es lo que sus oponentes temen de ellos y qué imaginario se han construido de sus seguidores.

¿Qué dice de nosotros que les digamos pejezombis y peñabots?

Tanto la aversión a los zombis como a los robots remite miedos al colectivo: hordas y hordas de entes actuando como uno mismo, masivos en número, imposibles de evitar.

Deshumanizar al oponente es un clásico de la retórica política, así como lo es pintar a sus seguidores como incapaces de pensar por sí mismos.

Los zombis no tienen un líder fijo ni un objetivo específico. Actúan por sus instintos más primigenios y su única preocupación es consumir hasta arrasar con todos los recursos. Tal vez se pueda trazar una linea hacia la figura del chairo o el nini que solo quiere recibir manutención sin esfuerzo.

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¡Venimos a consumir los recursos del estado!

Los robots son manufacturados. No responden a impulsos naturales, pues están programados para llevar a cabo un proyecto específico. No tienen mucho interés por las necesidades de los orgánicos –son un estorbo en el peor de los casos o un recurso para aprovechar en el mejor– más allá de lo que pueden aportar a la máquina. Comparten una hivemind, pero tienen liderazgo centralizado. Quizá esto sea paralelo a una lectura de lo más cínica del modus operandi e historia del tricolor.

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¡Asimílate al neoliberalismo o se aniquilado!

El virus zombi se infecta y esparce. Los robots no transforman humanos, pero sí pueden hacerse pasar por uno. De una forma u otra, ambos modos remiten al miedo de que haya uno escondido entre tus filas, oculto hasta el último momento. No hables con tus amigos de política si no quieres descubrirlo.