Hace un tiempo, Sony Pictures Animation desató The Emoji Movie ante audiencias inocentes en todo el mundo. Su desempeño en taquilla fue uno modesto – suficiente para cubrir costos de producción y un poco más, pero sólo una fracción de lo que logró esa otra terrible franquicia animada sobre desquisiantes bichos amarillos.

Vengo a recordarles que esto es algo que sucedió.

Tuvo otra suerte ante la crítica. Debutó en Rotten Tomatoes con un (merecido) 0%. Eventualmente, conforme más críticos publicaron reseñas, alcanzó un (sobrevalorado) 8%. El abismal porcentaje inicial se viralizó en redes sociales y, como cualquier otra cosa viralizada en redes sociales, despertó controversia. En este caso, sobre la crítica de cine.

emoji movie rotten tomatoes

¿Qué piensa el público de las críticas de cine?

Y así la controversia regresa cada tantos meses, cada que una película pop es destrozada por la crítica (¡hola, Liga de la Justicia!), cada que una alabada por el gremio resulta “eh” para las audiencias.

Hasta donde puedo ver en el bastión de argumentación racional y pacífica que es la sección de comentarios de Facebook, predomina la opinión de que los críticos de cine son una bola de snobs ignorantes que odian lo popular porque no saben divertirse – engreídos vendiendo su subjetiva opinión como hecho inegable a lectores borregos que no saben pensar por sí mismos. ¿Y los que leen críticas de cine? Pues es porque no saben pensar por sí mismos.

Sobre el rol del crítico en la cinefilia digital

Ante tan renuente respuesta pública a la crítica de cine (y a su relativamente reciente manifestación en forma de agregadores en línea), creo que hay oportunidad para reflexionar sobre la función del crítico en la era del individualismo, la pluralidad de opiniones y la hiperconectividad: ¿todavía sirven de algo los críticos? ¿Qué rol juega en relación a las audiencias y la obra? ¿Son nada más engreídos pretensiosos, tan desconectados de la realidad que no se dan cuenta que a nadie le importa lo que piensen?

Voy a responder en orden inverso. En primera, definitivamente hay sectores de la audiencia a los que les importan las críticas de cine. O, por lo menos, la versión promediada, cuantificada y fácil de digerir que es el Tomatometer. Según The Hollywood Reporter, siete de cada 10 personas admiten que disminuiría su interés en ver una película si su porcentaje en Rotten Tomatoes es menor a 25%.

Esas cifras tienen consecuencias materiales en taquilla. Si no fuese así, no sería practica común que los grandes estudios impongan embargos sobre los críticos cuando sospechan una recepción negativa. Inversamente, Moonlight le debe su Óscar y subsecuente éxito a A. O. Scott – sin la elogiante reseña que le concedió cuando todavía era relativamente desconocida, no hubiese llegado tan lejos.

Entre críticas de cine y audiencia

Si hay un foco de incertidumbre, está en la relación trilateral entre crítico, audiencia y película. El crítico ya no tiene que ser guía de qué ver y qué no – los espectadores prefieren recurrir a la opinión de sus conocidos, a su criterio propio o, en ciertos casos, a agregadores como Rotten Tomatoes. ¿De qué sirve el crítico individual entonces? ¿Sólo para dar su pulgar arriba o abajo para que sea promediado con los demás?

La función del crítico, considero, es abrir la conversación. No escriben para imponer su opinión como hecho, sino para llevar a cabo, con algo de autoridad, una lectura apreciativa de la obra. No tienen por qué ser vistos como la última palabra, sino como un punto de referencia. Sí, gracias a las redes sociales, ahora la conversación va a fluir con o sin críticos profesionales. Pero de ninguna manera sobra el comentario de un profesional instruido.

La crítica está lejos de ser el recurso de quienes no pueden, o no quieren, desarrollar a una opinión propia. Al contrario, su propósito es fomentarla. No puedo visualizar a un crítico que se alegre al escuchar que sus lectores recurren a él para no tener que pensar por sí mismos.