“¿Por qué hiciste agujeros a la caja?” le pregunta Michi Panero a Felicidad Blanc. El único no-poeta de la familia estaba recordando cuando su madre llevó a ahogar al río unos cachorros en una caja de cartón. Ella los había recogido, pero no podía conservarlos por orden de su esposo. “Iban más agusto”, le responde. “Es dulcificar los últimos momentos de un condenado”.

Qué se traen los cineastas españoles por las madres no se yo (¡saludos, Almodóvar!), pero la fijación es más que evidente en dos documentales diferentes en todo menos lo más importante: El desencanto y Muchos hijos, un mono y un castillo.

Muchos hijos, un mono y un castillo

Muchos hijos, un mono y un castillo

De la mano de Gustavo Salmerón –uno de los susodichos hijos – viene un documental de lo más absurdo, estrafalario y neurótico. Armado con 14 años en cintas de video, Salmerón abre una ventana a la vida de su excéntrica madre Julita y sus tres deseos de niña: Muchos hijos, un mono y un castillo. Por el esfuerzo se llevó un Goya hace dos años.

Su simil temático y antónimo tonal es El desencanto de Jaime Chávarri. Para estos días, todos los involucrados están bajo tierra, pero los conflictos que explora están tan vivos como la obra de sus sujetos: la entrañable familia del poeta Leopoldo Panero. Filmada durante los últimos alientos del Franquismo, traza la herencia y legado de un héroe cultural íntimamente ligado a su época.

Las matriarcas cargan sus respectivas películas, y el hilo temático de ambas se extiende también hacia una estoica mirada a la muerte. Julita guarda esqueletos de una guerra que nunca comprendió y, se puede leer entre líneas en su primera escena, le tiene miedo a no morir. Mientras tanto, los irreverentes chicos Panero airean los trapos sucios de su partido padre.

Memoria y anhelo en el diván cinematográfico

Matices de una incomprensible nostalgia se asoman por ambas cintas. La glorificación del difunto patriarca Panero, contrastada a su desmitificado contexto familiar, a es tan contradictoria como la fijación de Julita por su triste e inocentemente optimista infancia. Ella odia las monarquías, pero el anhelo a ser nobleza moldea su vida. En un punto, pregunta cuántas pesetas son un euro. Julita está anclada a las fantasías del pasado por no afrontar las realidades del presente; los juniors Panero niegan los imaginarios del antes para definirse en el ahora.

El cine es de por sí el arte más voyeurista y el documental el más exhibicionista, pero estos son nutridos casos de estudio en ambas áreas. Ante la cámara como metafísico diván, los Panero y los Salmerón admiten rastros de un autoritario y ausente superego paterno, una crisis edípica y una madre como cabeza de familia y núcleo narrativo.

En lo que introspección se trata, los Panero son tan exhaustivos como los Salmerón obstinados. Curioso es, entonces, que lleguen a tan paralelas conclusiones sobre problemas tan entrecruzados: qué hacer con una existencia que les cayó en brazos, una situación que no pidieron, una vida que les tocó vivir y un papel que les tocó interpretar.

Dos familias en yuxtaposición a un país

Tal vez no sea tan inaudito si admitimos ambas familias como producto de su entorno y si aceptamos ese entorno como la sombra de eso que se postró sobre España. En sus años formativos tanto los Panero como la señora Julita remojaron los pies en ese mismo problema filosófico, ese mismo estado anímico colectivo, ese mismo desencanto.

Y es que Felicidad Blanc entiende su situación –y la de España– como entiende la de los cachorros. Sí, están destinados al río, no hay duda de eso, pero hace los huecos en la caja sin pensar, como vaga evidencia de un instinto que a pesar de todo apunta mecánicamente hacia vivir (o, más bien, sobrevivir).

Es una auténtica rebelión ante lo absurdo, una obstinada declaración que grita con orgullo: “me rehuso a hacer sentido de todo esto”. Ante la falta de dirección tras la sombra de un legado ausente, los Panero, los Salmerón y los españoles son uno y el mismo.