Pasa cada tantos meses. Una película controversial de un director afamado. Tanto crítica como audiencias están en uno de dos lados: la aman o la odian, con pocas personas en medio. Fruto del debate en internet surge el usual baile entre “no le entendí, aburre, es pretenciosa y no significa nada” y su contraparte: “está buenísima, es profunda y es una película que te hace pensar” . Tengo problema con ambas posturas, pero sobre la segunda voy a escribir.

No existe tal cosa como una película que te hace pensar

Eso del “Te hace pensar” – así como sus primas “tiene mensaje” y “tiene simbolismo” – habita solo en el repertorio verbal del más común denominador. Ese que usualmente dice que le gusta una película porque está buena y que está buena porque le gusta; ese que con trabajo raspa la superficie de las obras que consume (¿para qué, si para él son solo para entretener?); ese que con facilidad alaba cualidades que son de esperarse de todo producto comunicativo, solo porque esta vez fueron particularmente claras. Todo tiene un mensaje, todo tiene simbolismo, todo hace pensar; todo tiene algo que decir y todo amerita una correspondiente respuesta intelectual.

Cualquier película, por más tosca y superficial que sea, es materia de reflexión. Siempre hay algo de qué preguntarse, desde “¿Por qué Kubrick yuxtapone el hueso con el satélite en el match cut que une dos mitades de 2001: A Space Odyssey?” hasta “¿Cuántas veces puede Michael Bay salirse con la suya haciendo la misma película con acción, explosiones y mujeres semidesnudas?”.

Hay cierta diferencia, claro, entre las preguntas que el autor quiere plantear y las que son resultado involuntario. En materia discursiva, sin embargo, no hay mucha brecha que las separe. Menos hay razón por la cual darle prestigio a una y hacer a un lado la otra.

Un caso de estudio: Michael Bay y The Island

En The Island, Michael Bay plantea preguntas sobre la libertad, la naturaleza humana y la bioética especulativa; lo hace con toda la sutileza y gracia de un rinocerontes en estampida por una tienda de porcelana.

Bay quiere que me pregunte si los seres humanos pueden ser productos y que me preocupe por la cultura de consumo de nuestra sociedad (lo sé porque lo inferí de la película, pero varios personajes hacen de las interrogantes explícitas por si no me daba cuenta). Su superficialidad y falta de introspección hace, en cambio, que me pregunte si en verdad hay personas que calificarían su película como entretenida y que me preocupe por la salud mental de las mismas.

Sigamos pegándole al señor Bay. Difícilmente creo que al hacer Transformers se haya planteado poner en evidencia la misoginia y objetificación de la mujer que impera en la cultura popular. Sin embargo, su película es terreno rico en materia para analizar eso mismo.

Hablando de cine pop…

Otro ejemplo, del otro lado de la escala: Inception es una excelente película, y ciertamente Christopher Nolan entrega un producto más inteligente de lo que Hollywood suele dar. Lejos está, sin embargo, de ser un monstruo impenetrable que requiere múltiples proyecciones para entender, ni es celebrable solo por “hacer pensar”.

Que el autor intente fomentar reflexión no hace de su filme automáticamente bueno; y que la audiencia de todas formas encuentre sobre qué pensar no solo es válido sino de esperarse.

Sea por deliberación o no, toda película — toda expresión humana, francamente — es material de análisis. Si pasas dos horas sentado en el cine y sales de la sala sin tener algo sobre que reflexionar, el problema no es la película; eres tu.