Usualmente utilizo esta blog para tirar diatribas sobre las ideologías que se asoman de vez en cuando en los medios masivos. Ya saben, como observar que el Rey León sirve para legimitar la arbitraria hegemonía de clases dominantes, o que Fight Club critica la capacidad destructiva inherente a la masculinidad tóxica pero se malinterpreta como una celebración, o que Mario reproduce modelos narrativos patriarcales.

La respuesta más inmediata, y más visceral, con la que me he topado es una variación de “no voy al cine a aprender ética”.

Tony Stark como ídolo randista: un ejemplo de propaganda masiva

Osea, puedo decir que Tony Stark es ficticio ejemplo de la peligrosa mentalidad de que la élite económica es automáticamente noble y cerebral, exitoso por sus propios medios –aún heredada su riqueza–, evidenciado en su capacidad de recuperarla usando nada más que su propio intelecto.

Puedo anotar que esta falsa noción de meritocracia ignora otros factores y privilegios y alimenta la peligrosa idea de que si alguien carece recursos, solo tiene para culpar su propia pereza e incompetencia. Y, sí, puedo concluir que este discurso es nocivo para cómo pensamos de distribución de riquezas y cómo entendemos los problemas económicos a nuestro alrededor.

Puedo desarrollar todo eso y la respuesta volverá a ser “no importa, porque yo veo películas para divertirme, no voy al cine a aprender eso”.

El problema con el disfrute no reflexionado

La cosa, el punto de todo esto, el meollo del asunto, es que no tienes que ir al cine con la mentalidad de aprender para que la ideología de la película deje huella en tu pensar. De hecho, ¡funciona mejor si no piensas en ella y dejas que pase desapercibida!

Desde el primer proto-humano al que le nació la curiosidad para preguntarse cómo funcionaba el mundo a su alrededor, y desde el primero al que se le ocurrió inventar un mito para explicarlo, nuestra especie ha recurrido a las historias para entender la realidad. El poder de persuasión invisible del cine y la televisión es tan solo la extensión masiva de esto.

Representación: ¿Qué aprendemos de lo que el cine nos muestra?

Es un fenómeno particularmente persistente en temas sociales. Las historias que vemos en el cine y la televisión crean un reflejo de la realidad incompleto, sesgado por representación selectiva. O sea: las posibilidades para entender el género, la raza, las relaciones, la clase social y la sexualidad (y un largo etcétera) está delimitado a las pocas formas que alcanzan representación mediática.

A todo esto hay que agregar que las historias que consumimos no suelen ser muy diversas en procedencia, sino que son creadas por una muy selecta industria cultural o, peor, fomentados e ideológicamente filtrados por instituciones adheridas a agendas políticas muy específicas. Quienes son capaces de crear estas historias, quienes deciden cuáles representaciones llegan a las masas y cuáles no, son un grupo relativamente centralizado.

Así que no es “solo una película”. Es la evidencia de un pensamiento arraigado al inconsciente colectivo, moldeado por una perspectiva limitada de la realidad social a la vez que es moldeador de cómo perciben sus receptores la misma.

Nadie va al cine a que le vendan ideología, pero aprende de todas formas. Y el antídoto no es dejar de pensar, es pensarle más.

Podemos –y debemos– reconocer estos mensajes culturales, remitentes a la lógica del pensamiento mitológico, comprender su origen y su propósito, y preguntarnos por qué lo representado es como se representa, y por qué no es de otra forma. Ignorar estos imaginarios los hace invisibles e ideológicamente poderosos; reflexionar sobre ellos permite confrontarlos y, sí, disfrutar mejor la película.