Otra semana, otra revelación de acoso sexual. No importa cuando leas este artículo, algún escándalo estará en las noticias. Ya nos hemos acostumbrado, para bien a mi parecer, al #MeToo. 

Algunos personas, sin embargo, parecen más hartas de escuchar del movimiento que del problema social que evidencia. Los que le extienden una mano “solidaria” a los acusados. Los que hablan de “acusaciones falsas” y culpan a la víctima. Los que exigen que se hagan las cosas por los “métodos legales” y nada más. Los que se ríen de acusacionesAh, y los que se quedan callados.

Recordando las raíces del movimiento #MeToo

Hace unos años se publicó, en The New York Times y The New Yorker, piezas de investigación acusando de acoso a Harvey Weinstein, productor de cine y co-fundador de los estudios The Weinstein Company y Miramax. Los reportajes citan testimonio de más de una docena de mujeres – empleadas, actrices y modelos.

Como era predecir, Hollywood explotó. Algunas personalidades de inmediato ratificaron las acusaciones y dieron testimonio propio, como Angelina Jolie o Cara Delevingne. Otras se mantuvieron neutrales o escépticas, hasta que la montaña de evidencia se hizo innegable. Lenta pero consistentemente, la industria del cine le dio la espalda a Weinstein.

Sobre la importancia de la esfera pública

Las acusaciones de acoso sexual dan lugar a – y necesitan para tener efecto – un efecto dominó. Mujeres levantan la voz para dar validez a las acusaciones originales y comparten sus propias historias. Tienen qué hacerlo en público, porque los “métodos tradicionales” les fracasaron.

Es fácil ver a los actores y actrices como reyes capaces de hacer lo que les plazca, pero no es así. Los que vemos en farándula difícilmente son los que realmente tienen poder – esos son los ejecutivos, productores y cabezas de estudio.

Sobran ejemplos de actores y cineastas cuyas carreras se vieron abruptamente truncadas por desacuerdos con directivos de Hollywood. Weinstein, a falta de reproche público, bien podría haber silenciado las denuncias y dejar sin trabajo a quienes le acusan. De hecho, llevaba décadas haciendo eso mismo.

Por eso, romper el silencio es importante. Tiene un efecto doble: protege a quienes acusan originalmente, dándoles una red de apoyo; y empodera a otras mujeres para hacer sus propias denuncias sin temer repercusiones.

¿Y los hombres?

En el caso Weinstein, muchos de los que hablaron parecían preocuparse más por aclarar que ellos nunca fueron testigos ni cómplices que por el acoso.

Hay una razón por la que les importa tanto dejar en claro que no sabían: la opresión se beneficia de los que saben y se quedan callados. Se alimenta de esa tácita complacencia, mal encaminada solidaridad masculina, que silenciosamente tolera lo intolerable por virtud de no denunciar.

Para darse cuenta solo hace falta ver que, después de las acusaciones, la defensa legal de Weinstein lo describió como “un dinosaurio viejo aprendiendo nuevas maneras de hacer las cosas“. En efecto, es una mórbida apelación a la empatía que recuerda a cansadas retóricas como “así son los hombres” o “déjalo, es de otra época“.

En casos como este, guardar silencio no es tomar postura neutra – es ayudar al acosador. Después de todo, les beneficia que la controversia pase desapercibida, que pueda esconderse bajo la alfombra. Evitar que eso suceda es exactamente el papel que los hombres necesitan jugar en los casos de acoso y violencia sexual.